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CARTA ÍNTIMA (Fragmento) Gabriela Mistral

Gabriela Mistral

(A mi amiga Cristina Pinto Hevia)

Todo pasa y se esfuma, muere y desaparece: en el ocaso del desengaño se hunde el astro de la esperanza rodeado de las nubes sonrosadas del ensueño; en la realidad, playa desierta del mar del corazón, mueren las ilusiones, olas azulejas salpicadas de espuma blanca. Todo muere... las flores delicadas del amor y afecto caen tronchadas por el helado viento del desencanto y quedan sólo los despojos, mostrando con cruel sarcasmo las bellezas de un mundo donde todo es frívolo y vano. Pero en el vergel desolado del corazón, entre las cenizas del pasado y las ruinas del alcázar de la ventura, eleva su tallo la siempreviva del recuerdo, desafiando a la muerte y burlándose de su poder.
El recuerdo es lo único que queda, cuando el alma triste, en medio de su páramo sombrío y solitario, se ve huérfana y proscrita, sin más amiga que la angustia, ni más compañero que el duelo. 


Hoy, que, detenida en el sendero de mi vida, recorre mi mirada las páginas primeras del poema de mi existencia, me detengo a repasar aquellas, escritas en otras épocas queridas, cuando las flores de mi alma aún no se marchitaban, ni mis alegrías se disipaban todavía.
Descorro las cortinas que ocultan el pasado y se presentan a mi vista otros mundos de luz y esplendor, que contrastan con la noche en que hoy avanzo como ave perdida en la oscuridad y las tinieblas. Las memorias de otros tiempos vienen a remover los fragmentos fúnebres de una dicha muerta, las hojas secas próximas a volverse polvo, después de haber adornado con su color de esperanza el árbol de la ilusión. Y entre esas memorias, veo alzarse tu imagen en el santuario de mi alma, donde la guardo desde esos tiempos en que la suerte te unió a mí y los lazos de oro de la amistad nos estrecharon.
Recuerdo que eres la mujer única a quien di el nombre de amiga en aquellos años, en que la mentira no vaga en los labios ni la perfidia vive en el corazón: al abandonarte juré que serías la última, y el cielo sabe que lo he cumplido. La amistad, es esa hermana que llora con nosotros y cubre de flores nuestra senda; ah! Ya ella no vive en mí, por eso en la mía sólo hay espinas, por eso mi llanto no es acallado y no hay nadie que me acompañe en mis pesares!
Déjame que recuerde un instante siquiera esos años felices cuando la ventura coronó de rosas nuestras frentes; déjame que con el llanto en los ojos y el duelo en el alma, recuerde esos muertos placeres, los únicos que cuento en mi existencia. Si el olvido no ha destrozado en tu corazón la flor hermosa de la amistad, si mi nombre no se ha borrado en tu mente, dame el consuelo de gozar con los recuerdos de esos tiempos y deslizar con el esplendor del pasado ya que el presente sólo tiene noche y sombras.
Han transcurrido muchos años: la primavera ha pasado muchas veces derramando flores en esos campos queridos; el otoño del pesar ha cruzado muchas más mi corazón, dejando en él hojas marchitas y pétalos amarillentos.
Eramos niñas aún: la infancia daba sonrisas a nuestros labios y una dicha santa a nuestras almas; no había nieblas, todo era luz; no empañaban las lágrimas los ojos ni herían el pecho los dolores.
Juntas recorríamos, en inocentes juegos, las campiñas floridas y las verdes colinas, tronchando el tallo de los juncos pálidos y las violetas moradas, conque adornábamos nuestras cabezas. Juntas contemplábamos, a la sombra de los naranjos, el poético panorama que presentaba el sol hundiéndose tras los montes nevados, y la naturaleza toda entonando un himno de amor al despedirse de él.

Gabriela Mistral, seudónimo de Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga (Vicuña, 7 de abril de 1889 – Nueva York, 10 de enero de 1957), fue una destacada poeta, diplomática, feminista y pedagoga chilena. Una de las principales figuras de la literatura chilena y mundial, fue la primera latinoamericana y hasta el momento, única mujer iberoamericana, premiada con el Nobel —ganó el Premio Nobel de Literatura en 1945—


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